Ensayo sobre la vacuidad del ser IV

En todos estos años de ausencia, mi madre nunca mencionó cosa alguna acerca de la vida de mi padre. Sólo que estaba en París, que era un hombre de negocios muy ocupado como para escribir cartas o llamar por teléfono y que había decidido tener otra vida lejos de ella y de su único hijo varón. Mi madre siempre habló de mi padre sin resentimiento ni bronca, sino más bien con resignación. Con un dejo de tristeza que convertía cada palabra articulada en un grito ahogado de clemencia a un auditorio completamente vacío. Ya libre de toda especulación, mi madre parecía haber dejado de sufrir por él justo un día antes de su llegada. A mis nueve años de edad, sólo sabía que París estaba muy lejos al norte y que allá la gente usaba sombrero y hablaba un idioma extraño. Mi padre era parte de esa nebulosa ciudad llena de luces y autos con formas extrañas. De calles oscuras atiborradas de hombres que se pisan los talones y nunca ven la luz del sol. La fisonomía de mi padre me atemorizó en un principio. Era un hombre esbelto, de atuendos prolijos y de apariencia costosa. Siempre pulcro, bien peinado. De un temple sobrio que le arrojaba aires de majestuosidad y erudición. Con una voz gruesa, casi gutural que retumbó en la sala como un tanque cayendo contra el suelo en un depósito vacío y una mirada profunda, inquisitoria, de esas que intimidan a los más fuertes de espíritu, se dirigió hacia mí la primera vez que lo vi. - Diego, soy tu padre, César. – Me dijo extendiéndome la mano como si fuera uno de sus socios más allegados y estuviésemos a punto de cerrar un forzoso trato en el que acordábamos no hacernos preguntas acerca de la vida privada de cada uno mientras la estructura edilicia de nuestro bienestar subsistiese. Tomé su mano con desconfianza. Mis facciones algo contraídas por los nervios buscaban serenidad en mi madre, que a un costado sonreía queriendo aparentar felicidad y sólo alcanzando un patetismo ingenuo y lastimoso. Esa noche mi padre se quedó a cenar. Comimos carne asada con papas al horno, su plato favorito. Gustaba de las papas cortadas en perfectos cubos como dados dorados, crocantes por fuera y tiernos y suaves por dentro. Lo observé masticar la carne con recelo. Me concentré en su quijada huesuda y en el movimiento de su amplio mentón. Sus dientes trituraban la carne con devoción animal. Pude ver los hilos de saliva que envolvían los trozos de carne masticados y su gorda lengua empujándolos hacia su garganta, puerta de entrada al organismo que representaría la mayor de mis tristezas, la peor de mis desgracias. Lo odié desde esa noche. En ese momento no lo supe con certeza, mi mente no lograba asimilar con claridad el sentimiento que urgía mi ser y desterraba el apetito. Tan sólo me producían rechazo sus movimientos elegantes y su aroma a perfume importado. Su pelo peinado hacia atrás, húmedo, brillante. Sus dientes perfectos y sus largas pestañas. Sus manos con sus uñas impecables y su risa despreocupada. Siempre tan seguro de si mismo, altivo vencedor. Cuando estos pensamientos invadían mi cabeza y entramaban mis sentimientos, apelaba a mi única arma, mi escudo ante toda amenaza desagradable, María. No entendía cómo dos seres humanos pudiesen producirme sensaciones tan dispares. Mientras María me entregaba con su mirada los colores más hermosos y fantásticos de las flores más exóticas de una primavera en el paraíso, mi padre me hundía en las oscuridades más trémulas de las cavernas más oscuras del más recóndito de los infiernos. De haber podido leer algún pasaje de cualquiera de los infiernos del Dante, me hubiese topado con una descripción acertada de lo que mi padre traía a mi mundo. - Mañana te paso a buscar y te llevo al colegio.- Me dijo retirándose de la mesa y parándose detrás de mi madre, que todavía sentada lo observaba sorprendida y tensa. Mi padre posó las manos sobre sus hombros y pude percibir cómo, en reacción a ese movimiento, todos sus músculos, todo su cuerpo y su espíritu se relajaba y se recubría de tranquilidad y protección. Pude advertir que el tiempo se desdoblaba en mil trozos y que mi madre los diseccionaba y seleccionaba convenientemente, conservando algunos y desechando otros, para lograr esbozar con seguridad aquella sonrisa que en sus labios me dijo aquella noche que mi padre había vuelto para quedarse. En esos mismos labios que por las noches me besaban la frente al arroparme y representaban la salvación, el fin de todas mis penurias y el comienzo de los sueños, en esos mismos labios que me profesaban el amor más intenso, sincero y puro que jamás nadie me entregó, en esos mismos labios que constituían el génesis de todo sentimiento de bondad hacia el género humano, en ellos vi dibujado aquella noche, el origen de, insisto, la peor de mis desgracias.

3 comentarios:

Gastón dijo...

Sin saberlo, sin poder imaginarlo, algunas marcas (heridas) marcan el camino por el que iremos transitando la vida.

Y en ese mismo camino, y en esa misma vida, personas tan familiares se nos presentan tortalemente ajenos.
Personas directas (como en este caso tu padre) nos obligan a tomar un rodeo y cambiar el paso
(nuestro aire y nuestro ser)

Abrazo que siguen acompañando en la diversidad de caminos tomados y en las curvas imprevistas que se siguen presentando

Paula de Bera dijo...

Hola Diego!! Sabés que me gusta leerte con calma y detenimiento, recién hoy pude hacerlo.
Leyendo tu historia, me produce rechazo tu padre, porque...esto sucedió en los 90´s, en esa época los padres habían evolucionado bastante con el trato hacia los hijos, lo mínimo que hubiera hecho es abrazarte. Tenías 9 años (la edad de mi hija) y necesitabas sentir y crear un vínculo más allá de la estrechez de manos.
Qué pasó por esa cabecita?
Sentiste celos de que él venía a invadirlos? Tu padre tenía otra familia?
Como verás, estoy intrigadísima.
Besos y espero la continuación!!!

Rossana dijo...

Hola Diego, acá estoy, leyéndote! La historia es intrigante y absorbente... las imágenes que genera en mi mente fluyen como si de una película se tratase.

El encuentro con tu padre me trasladó a comienzos del 1900, y particularmente en el momento en que él se para detrás de tu madre posando las manos sobre sus hombros, (típica foto de época). Me recordó a los caballeros de antaño, vestidos de frac, galera y bastón, los cuales expresaban sus respetos a través de un fuerte apretón de manos.

Otra "imagen" (fuerte, por cierto) fue la de la cena. Los detalles con que describes su forma de comer dejan ver mucho más entrelíneas...

Cada persona que conocemos nos deja una marca. La intensidad de ésta depende del tipo de vínculo que hayamos establecido con la persona en sí. Creo que el día que entendamos ésto, las relaciones interpersonales serán menos complejas.

Qué más puedo decirte! La historia me ha atrapado por completo...

Saludos.
PD: Gracias por tu visita!