Ensayo sobre la vacuidad del ser II

Esto no pretende ser un diario íntimo ni una recopilación de mis memorias aunque a veces adopte esa forma. Creo haber dejado en claro al comienzo que lo que pretendo es dar a conocer las razones y factores que me condujeron por la senda que accedí con voluntad concienzuda a transitar. Sin embargo me resulta menester dejar por sentado quién soy, y para hacerlo me veo obligado a remitirme a mi pasado. Presiento también, que esta actividad que desarrollo en mis días de solitario enclaustro, me facilitará la tarea de socavar mi memoria y liberar los recuerdos que por algún motivo se encuentran oprimidos en lo más profundo de mí ser. Hablar de Carlos Molinari, hablar de su vida, de sus principios y sus finales, implicaría recavar insignificancias tan atroces como la peor de las catástrofes, y representaría una tertulia decimonónica tan fútil como cavar un pozo en el medio del desierto en busca de un oasis subterráneo. Desde luego la presencia de Carlos Molinari en mi vida está intrínsecamente ligada a la de María. Aunque a decir verdad, casi cualquier cosa tuvo, tiene y tendrá su espíritu presente. Porque en esencia María lo es para mi todo, sin titubeos, es correcto afirmar que hasta el más pequeño átomo de mi universo está invadido por su aroma, por su cadencia, por su ser y su estar. María llegó al barrio en un buque proveniente del Uruguay. Oriunda de la ciudad de Tacuarembó, para muchos la capital del tango apadrinada por la figura de Carlos Gardel y el mito que reza su nacimiento en los suburbios orientales. A los 8 años desembarcó junto a su padre Mario, para alojarse en casa de tía Elizabeth. Una casa humilde con jardín al frente y un enorme naranjo en una de las esquinas, fruto de mi esperanza de un amor correspondido. Todas las mañanas cruzaba por la puerta de su casa en mi trayecto hacia el colegio y me estiraba en puntas de pie para robar una naranja de su árbol, que representaba mi segundo desayuno del día en el patio de recreo. Nunca el sabor de la naranja fue tan exquisito, tan intenso y sublime como el de aquellas. Eran para mi, esferas de un anaranjado profundo, con una textura única, prodigiosa, admirable por eruditos en ciencia y arte y gastronomía. Poseedoras del néctar de mi felicidad, aquellas frutas subrepticias representaban la salvación, el antídoto contra el aburrimiento de las clases y posteriormente el nexo inquebrantable entre María y yo. Una tarde de Abril, caminaba por la calle Larrazábal pateando piedras y pisando hojas, ensimismado por el aburrimiento y abatido por la rutinaria jornada de estudio que acababa de digerir. De pronto me vi invadido por un agresivo olor, me detuve sobresaltado por semejante intromisión, aturdido por el deseo y fundamentalmente la gula. Era el maravilloso naranjo que se erguía por sobre mi cabeza con la majestuosidad de un dios griego y me llamaba a gritos a profanar su decoroso santuario. Dubitativo contemplé la situación, apelando al poco resto de conciencia que albergaban mis sentidos derribados. ¿Y si me ven y llaman a mi madre? No podría salir a jugar con mis amigos por una semana, como mínimo. Al mismo tiempo desconocía quien habitaba esa casa tan misteriosa y sin embargo me intrigaba saber quien era el artífice del mantenimiento de tan maravillosa obra de la naturaleza, dadora de felicidad con el altruismo desinteresado del que carecemos nosotros los mortales. ¿Y si me pescaran en el momento justo? Yo, un simple niño mal educado y falto de sensibilidad, arruinando tan bella inspiración. ¿Me perdonarían? ¿Acaso yo me lo perdonaría? ¡Ay qué vergüenza madre mía, cuando al estirar el brazo en busca de aquel cáliz en llamas oí la voz de alguien que llamaba mi atención! ¡Qué desgracia la que aquejaba mi espíritu inquieto! Con la negligencia idiota de aquél falto de susceptibilidad, había osado atreverme a siquiera intentar rozar con mis sucias garras aquél fruto de la perdición. Me temblaron las rodillas. Detuve al instante mi brazo y lo mantuve alzado en ese vano ademán de camuflarnos que a partir de la inmovilidad buscamos poner en práctica al vernos sorprendidos a punto de realizar un acto que consideramos poco noble, arriesgado y tonto. Congelado permanecí en la escena del crimen, a mi parecer transcurrieron un par de minutos. Tiempo suficiente para poder pensar que aquella voz era enteramente producto de mi imaginación, en parte paranoia en parte culpa. Miré hacia el jardín y no encontré a nadie. Hacia ambos lados dirigí vistazos fugaces y tampoco. Creo haber esbozado una leve sonrisa sometiéndome al ridículo ante tal alucinación fabricada por el miedo. ¡Si hubieran visto mi cara entonces! Al reanudar mi acto delictivo interrumpido, una pequeña figurita femenina se levantó por detrás de la medianera, como un sol naciente, con su cabello castaño claro reluciente y brilloso, bañado por los rayos de luz de la tarde, acariciado con una suavidad felina también reflejada en sus dos imponentes ojos color miel. Y yo desnudo, a la intemperie, varado una montaña nevada de pudor, vergüenza y ridículo. No pude despegar mis ojos de los suyos, me aquejaba una pena inmensa, una desgracia atroz, al borde de las lágrimas lleve la suela de mis zapatos hasta el suelo, y hasta aquél leve movimiento fue para mi un cambio brusco en las moléculas del aire que me rodeaba. El universo oscilaba en derredor mientras yo permanecía expuesto frente a ella, yo era culpable y ella tan límpida, delicada, angelical e inocente. Llevaba un vestidito color crema que ondeaba moldeado por la brisa suave de otoño. De repente la casa pareció cobrar vida. Donde antes no percibía movimiento, ahora el viento llenaba de vida cada rincón. Las oscuras ventanas se iluminaban y las cortinas dejaban entrever dos figuras adultas detrás. Ella llevaba un vaso de jugo de pomelo rosado en la mano, con un sorbete dentro, por el cual sorbía pequeñas cantidades en tiempos espaciados, con una precisión maquinal. Me había chistado con toda discreción para no despertar preocupación en su padre y su tía (Más tarde me enteraría cuanto le dolía verlos a ambos consternados por su culpa). Esta vez decidió encubrirme y sólo mi suerte sabe porqué. Por primera vez habló y fue para mí como si colapsaran todos los edificios de la ciudad, incluyendo la torre del parque y el Obelisco. Como si todas las voces existentes renacieran en mí, sometidas a comparación ante tan maravillosa operación del movimiento de sus labios. Me dijo: - Si te viera mi papá, sabe dios lo que te haría- Mientras sorbía un poco de su pomelo. Corría el año 1991 y estaba enamorado.

6 comentarios:

Gastón dijo...

No hay nada que hacer...
El génesis de nuestros más hermosos pecados, y la ansiedad de beber el dulce de nuestro fruto prohibido, siempre tienen rostro de mujer.

Abrazo bíblico

Paula de Bera dijo...

Diego, el naranjo eclipsó a la manzana de la tentación. Estoy bíblica como Gastón.
Qué fascinación noto en tus palabras!!
Bendiciones al fruto cítrico, me imagino le habrás dedicado.
Te sigo!!!
Besos!!!

Diego Santos dijo...

Gastón: Es casi inevitable trastabillar y caer. ¡Pero qué caída!

Abrazo.

Paula: Como siempre agradecido por tus palabras.
Ese naranjo fue en mi infancia el agregado para que todas mis mañanas fueran un poco más felices.

Besos.

Diana dijo...

¡Hola Diego!

Diré algo trillado, pero nada como recordar.

¡Escribes divino!
Un beso.

Diego Santos dijo...

Diana: Las grandes verdades nunca estarán trilladas.
¡Gracias por leer!

Un beso.

Paula de Bera dijo...

Diego, te dejé un regalo en mi blog.
Espero que puedas pasar un ratito y traertelo.
Besos!!!